MI MADRID

Los ojos cerrados, los ojos hundidos, los ojos brillantes, los dedos en el piano, los dedos en el teclado, los dedos dentro de mi cuerpo; la boca abierta, la que besa, la que calla y la que grita, de pena, alegría y risa, y rabia también; los oídos que escuchan, los que pitan, los que se aturden. Las manos en la guitarra, en su miembro, en mi portátil; el pelo blanco, rubio teñido y corto. O sucio. Hoy; mañana no existe. Ni en este local, ni en esta cama, ni en este papel. En la esquina izquierda del piano del Toni 2, en la habitación de ese hotel, en el libro que nunca he sido capaz de escribir. Recuerdos borrados por el alcohol, por la emoción, por la pulsión. Compulsivos, acelerados, desprovistos de toda razón. Mezclados. En una nube de humo de tabaco y contaminación. Los locos, los solos, los tristes. Los que cantan, los que follan, los que escriben. En la noche de Madrid. De mi Madrid. Que jamás será mío del todo. Ni de nadie… La alegría de vivir sin tiempo para hacerlo. Las cervezas, las copas de vino, de whisky o de ginebra.  Las conversaciones profundas, las banales, las intensas, las superfluas. Ayer me lié con pero ahora voy a hablar del rescate a Grecia, de la economía China, de la guerra en Siria; del atentado en Manchester, de la responsabilidad social corporativa; de la bolsa, de la empresa, de la corrupción; del chiste de hoy de Mariano Rajoy; de Cataluña, feminismo y comunicación o periodismo. Y, después, con los poetas, de la vida. Los de pacotilla, esos que “son como personas lo que no han llegado a ser como artistas”. Y, más tarde, en la Dos de Mayo, escuchando a un Sabina que no es Sabina pero que vivió su misma vida y toca sus mismas canciones con su mismo corazón. Y de ahí, a la Bodega de la Ardosa y la literatura, Maruja Torres, Reverte, Marías, Jabois o Grandes, John Kennedy Toole, Mulisch, Carrere y Orwell: Hemingway, Borges: Paul Auster; Henry Miller, Nabokov o García Márquez.. ¡ y qué lejos quedaban ya, en aquella caña medias, Zafón o J.D Salinger! Y, de ahí, a Fuencarral, la calle en la que se perdía la virginidad, en la que cociné pasta para un alemán, de la residencia en la que estuve cuando era estudiante: sociología, historia, política; psicología y documentación, metasemiótica, economía…En la habitación, en la sala de estudio, en el jardín, en el comedor. Con luz tenue, manta en invierno, ventilador en primavera, moño en otoño y pocas ganas en verano: Freud, Lakoff, Chomsky; Ritzer, Hebdige y Gramsci. Steven Johnson porque “Everything Bad is Good For You” y el “Dardo en la Palabra”, con la dedicatoria de un gran profesor. La perfumería, el 100 Montaditos, el Café Bilbao, las glorietas, las bocas de metro y, más tarde, llegaría el Ocho y Medio. Desde allí. El microteatro, los musicales, el retiro; sesiones de fotos, capeas, fiestas y lloros. Yo corriendo por “la resi”. Yo riéndome “en la resi”. Yo enfadándome “en la resi”. Yo con Juana por las mañanas. En la resi. Yo pidiéndole a Angelines que rezase a San Antonio para que me echase un buen novio. La primera vez en Chueca, en Malasaña, en Huertas. Festivales, San Cemento y las capeas. Coca Cola en el banco de la iglesia, cerveza en el banco de la iglesia, Don Simón en el banco de la iglesia. Chucherías de los chinos y los miedos de unas crías, en el banco de la iglesia.  Escribí poemas subida al marco de aquella ventana, que hacía que me sintiese un poco menos encerrada y dije: uno deja de ahogarse dentro de sí mismo cuando contempla el cielo de Madrid. El cielo que se ve desde Plaza Castilla, desde Ópera, Santa Ana, Gran Vía, Bilbao … desde el olor a whisky de un reportero de guerra en Tirso de Molina. Desde la mejor terraza en la que he estado jamás en una calle familiar, un barrio en el centro de una ciudad, Conde Duque… Tres habitaciones, una cama en el suelo y esos grandes polvos de mi vida. Esa vida de allí que, a veces, olía a porro, a cocina precocinada, a alcohol, a ese amor que no es amor, a cachimba y al tabaco que jamás volverá a saber como el que me fumaba mientras volvía a pensar — tirada en un cojín, viendo a los perros y borrachos pasar frente al cuartel– en el cielo de Madrid, donde lo que algunos llaman contaminación lumínica a mí me parecía la mejor metáfora de ese monstruo que, algunos días, no deja dormir a los verdaderos artistas. Le robábamos el Bacon a María, la mayonesa a Sobada, el chocolate Valor a Ana y a Dito nadie nunca le robaba nada porque era las más sana. Y María cantando The Kooks con el secador y las lágrimas de Sobi con Ed Sheeran en el salón; y también Matisyahu, Soja, The National, Boy, The Lumineers, Savoretti, John Mayer, Jack Johnson; Mumford and Sons… Y el concierto de Crystal y The Vaccines y Post-break up Sex y Wetsuit; “go easy on me”; cuando las escuchas después de un par de años: el pelo de punta, no por su letra, no por su música, sino por lo que hacías mientras sonaban, mientras ya habías dejado de oírlas. The west wing, Mad Men, The Newsroom con palomitas con mantequilla en el sofá. Y, después, bajabas al Leiner. Y, entonces, las mejores patatas que has probado jamás. Y, entonces, una mezcla que maridaba ginebra y cerveza. Y, entonces, un poco más abajo, el Asturiano, botella de sidra de cinco pavos y tapas para aburrir. Locas perdidas perdidas en Madrid, la que era muy de eventos, la que sabía todo y más, a la que le encantaba llevar la camisa sin planchar pedían siempre una botellas más porque el último pitillo sabía irremediablemente a poco cuando estaban juntas… Y, entonces, un poco más abajo, la sala Marco Aldany y noches a las que sucedían días en las que una citaba, cuasi adolescente, a aquello que cantaba la fuga y subías… Moncloa y el Parque del Oeste, y frisbee, amigos, risas, donde nada era importante porque, en realidad, nada lo era. Y ese dejarse llevar tan manido ya en Madrid, en el que estuve ayer y no recuerdo, donde dormí anoche sin saberlo, ese local que conocí por casualidad y jamás volveré a encontrar porque lo encontré perdiéndome en las calles empinadas que subían hacia arriba donde escribía, que no redactaba, sin saber y sin quererlo hacerlo bien. Y Sushi en Quevedo y hamburguesas en Guzmán el Bueno y si querías comer bien la Castellana y si querías comer bien pero barato, el senegalés de Tapapiés, y vamos a probar todos “los mercaos”, San Antón, San Ildefonso y Fuencarral y ¡ qué hartos nos quedamos todos de las primeras citas en el Lateral! Y cerca, Sol, donde antes de ayer fue el 15-M y ayer los pintores pintaban dibujos a Carmena y hoy, Madrid te quiere quieras a quien quieras.  Y Andrés Suárez e Iván Ferreiro y Sabina, Revolver, Los Secretos… Y, por supuesto, siempre siempre, Antonio Flores y su cuerpo de mujer. Y en San Ginés los churros que acompañaban as las “Luces de Bohemia” de la madrugada madrileña y el recuerdo de Buero Vallejo, Pardo Bazán Y Cela en el Café Gijón, y en la calle de las letras, en cuerpo y alma, el Quijote y Sancho Panza y su Cervantes, y un poco más allá, la tribuna del Congreso, Génova y Ferraz, El Reina Sofía y el color morado en cada esquina el 20-D, los canutazos, en ministerios incluidos los desmayos, y las ruedas de prensa a las que dejaban ir a los becarios y tú “gallega” vete ahí. Y cuando acababas la jornada, él, y aquel otro, allí tirados, paseando, subiéndonos juntos a los árboles, queriéndonos sin querer. Mucho y mal. María era su nombre favorito y no por mí y yo lo dejaba desnudarme en casi cualquier lado, primero con la mirada y casi siempre con las manos. Y en un parque cercano estaba otro, en otro momento. Aunque hoy podría confundirme y decir que fue a la vez. Y me besaba como un niño porque aquello es lo que era y yo temblaba como una adulta porque era precisamente lo que yo no quería ser. Y otro y otro y otro más: en Conde Duque, Marqués de Urquijo o Fuencarral, en discotecas, de pijos, de indies, de hippies, de la movida de los 80. En festivales, en Bélgica, Francia o Portugal, que siempre serán una extensión de Madrid dentro de mí. Y después Periodista digital, marketing de despensa. Y después Europa Press y Economía y Política Internacional. Plaza Castilla en zapatos de tacón, Callao en sandalias, Arguelles en deportivas pero siempre corriendo, siempre sudando, siempre con la odiosa y embriagadora sensación de que la ciudad en la que vives no espera por ti, de que tienes dar un poco más de ti y otro poco y otro más. Nada nunca es suficiente para ella, y tú se lo das todo porque ella, es exigente, cariñosa, extravagante, ansiosa, divertida, oscura y gris y soleada y soñadora y te lo da todo también a ti. Porque esta tan loca como tú y te acuna cada noche y cada día. En el estridente sonido del metro, en ese autobús que no acaba de llegar, en las ambulancias que te recuerdan, cada minuto, cada segundo, que uno no vive para siempre y menos si vive aquí. En los yayos, en las copas en casa de nosequién, en las charlas con un desconocido que saben tanto y tan bien a verdad, en ese honesto “puedes ser quien quieras ser”. Está tan loca como tú y no te deja arrepentirte, ni agobiarte, ni cansarte, ni dormir, ni llorar durante mucho tiempo. Cada minuto vale oro y la culpa es para otros. Para los que no viven aquí. La pasión no se describe, la pasión se siente en Madrid y la insatisfacción es un efecto secundario de aquellos que creen que el mundo está aún por arreglar, los que no se conforman ni quieren hacerlo. Donde la soledad y la resaca se olvidan con una copa más. Como aquella noche, en aquel piano bar, cuando aquel hombre de pelo blanco tocaba el piano con el ritmo de este texto y aquella señora de mediana edad, brillantes sus ojos, cantaba con las mismas ganas de Madrid que hoy tengo yo; cuando yo cerraba los ojos y pensaba en lo mucho que merece la pena vivir, en algunos instantes, desde determinados rincones. Como aquella noche, en aquella cama de hotel, cuando lo besé a él pero podría haber sido cualquiera, en la que nos cruzamos sin conocernos, sin quererlo ni querernos y nos olvidamos de todo. Sus manos en mi cintura y las mías en su pelo, los besos entre las piernas, los suspiros y el silencio, el sudor en su cuerpo, la suciedad de mi cabello, mis piernas en su cuello y el final, sin adornos ni lamentos, y todavía desnudos y extasiados, sin saber nuestros nombres, decidimos, con los ojos, sin mirarnos, no saberlos. Como en este papel, como este teclado, como el folio en blanco que siempre he querido ser, gritando en palabras calladas que, después de tanto tiempo criticándolo, necesito oír, un día más, una hora más, un segundo más, el ruido de Madrid. de mi Madrid. Que no es mío del todo ni jamás será de nadie. Pero al que muchos hemos pasado a pertenecer, desde aquel primer domingo en la ciudad, cuando a las 11:00 horas de la noche, suspiramos, nos fumamos un cigarro y exclamamos ¡no todas las semanas pueden ser así! Pero lo iban a ser. Y lo fueron. Y el lunes; otra vez…

 

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