El Emperador va desnudo

“Qué tiempos serán los que vivimos, que es necesario defender lo obvio ”,

Bertold Brecht.

La valentía se ha convertido en una parodia del individualismo. Nadie escucha ya nada que no sean los aplausos a sus propias palabras. Frases descontextualizadas se utilizan para responder con ese “discurso definitivo” que jamás lo será. Copias baratas, unos de otros: las lágrimas imperturbadas, la ira impostada, la falsedad inherente al dolor no vivido. Y, cada día, hitos importantes que no le importan a nadie.

En fin, hay quien cree en la magia y hay quien cree que citar el lema de la revolución francesa en Facebook le convierte en Napoleón:

¡Liberté! ¡Légalité! ¡Égalité! ¡Hay que ofenderse! ¡Replicar! ¡Indignarse! ¡Hay que gritar y juzgar al otro! ¡Yo me me enfado, yo respondo, yo no soy un “tibio de espíritu” como tú! Exclaman en la esfera digital aquellos que no saben lo que dicen, ni de lo que hablan, ni sufren la historia que tanto reclaman en sus Timelines. “España no es siquiera de trinchera, es de barricada”, dice Reverte, “España es cabreo” pero, y hete aquí el problema: nada más.

Todavía peor: “el país de las etiquetas”. Esa es España, la nación en la que se acusa de practicar la equidistancia a quien trate de entender un suceso antes de llamar “hijo de puta” o “pobrecillo” a su protagonista. Malos y buenos, ese es todo el paradigma que manejan los sintagmas del ciudadano medio español, mientras se señala con el dedo al otro, al diferente, al que no sucumbe a esa espiral del silencio que, quizás, ni la mismísima Noelle Newman podría detectar.

Lo políticamente correcto no precisa de argumentos, ni de razón. Las modas frivolizan realidades, a veces esenciales. La paradoja es que aquí se calla al otro diciéndole que es él quien no respeta tu derecho a la libertad de expresión. Lo irónico es que las revistas sitúan a la altura de Clara Campoamor a aquellas que hacen flaco favor a los feminismos. Lo ilógico es que Chomsky y Gramsci se hayan convertido en puro postureo. Lo co-jo-nu-do es que cuñadismo y post-verdad sean las palabras del año de 2016.

No me malinterpreten, está bien que la igualdad del hombre y la mujer venda libros y gane batallas políticas, que se reivindique la homosexualidad en los anuncios del Corte Inglés, está bien que el derecho a expresarse libremente haya sido Trending Topic tres veces este año, que el ecologismo forme parte de la responsabilidad social corporativa de muchas empresas, que nos importe lo que ocurre en el mundo y que nos duela aquello que consideremos que es dañino.

Lo que no está bien es que toda una generación quiera protagonizar una revolución que ya pasó, que enseñar los pezones en Instagram haya pasado a ser más importante que colaborar con una ONG de mujeres maltratadas, que no sepamos razonar por qué creemos en aquello  que defendemos como casi talibanes o que sigamos sin reciclar mientras nos quejamos de que China no cumple los acuerdos de París.

No es correcto que se den cosas por sentadas. Que aparentar sea más relevante que ser o hacer. Que creamos que pensar consiste en reproducir pensamientos ajenos. Que la forma, una vez más, importe más que el contenido y que los juicios de valor, ridículos, caricaturescos, fundamentados en aquello por lo que abogamos sin saber del todo por qué, amparándonos en ese sentido común que es el menos común de los sentidos, se hayan apoderado de las relaciones sociales.

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Quizás, en la época dorada de lo Hipster, esa en la que destacar entre el rebaño supera, por goleada, a cualquier otra ambición, convenga recordar que, cada uno de nosotros, sólo es un ser humano más. Uno más entre los 107602707791 que ya han pasado por nuestro planeta. Abanderar una nostalgia irreal por un pasado no vivido no cambiará esa cifra, tampoco el hecho de que, mientras juzgamos y odiamos, estamos perdiendo la oportunidad de hacer algo mejor.

Un mundo tan desgastado como el del Occidente contemporáneo, en el que la agresividad contenida es categórica y se atrinchera en lo trivial y no hay apenas tiempo para nada, tampoco para querer de verdad, necesita, en efecto, que busquemos ir a contracorriente. Así que sonriamos. Mientras el resto del mundo se enfada. Sonriamos. Siempre. Cuando nos empujen en el metro, nos contesten mal en el trabajo o nos rayen el coche. Sonriamos.

Cuando alguien se “cuele” o haga esa crítica tan poco constructiva o deje de entendernos. Sonriamos. Cuando no podamos estar de peor humor y también cuando nos equivoquemos o se equivoquen con nosotros. Sonriamos. Sonriamos y riámonos de nosotros mismos porque, en esta copia cutre del Show de Truman en la que vivimos, solo hay una verdad incuestionable. Y es que, como dijo vete tú a saber a quién,  a la tumba nos llevamos las risas y los polvos. Nada más.

Lo que tecleo ahora mismo apesta a autoayuda. Es cierto. Me da igual. Quizás sea que voy entrando en la edad adulta o quizás es que he dejado de ser becaria en política para trabajar en información sobre vinos — con una copa en la mano siempre se escribe mejor– pero yo ya me he cansado de intentar “venir de vuelta” de todo, de mirar mal al fan de Coelho o al que dice que Espinosa es su escritor favorito para sentirme importante.

“Criticamos a la gente por leer el nuevo de Millenium, por viajar a Benidorm, o por compartir fotos de gin-tonics con cardamomo. Criticamos a los tipos de treinta que deciden hacerse runners y a las chicas que se disfrazan de tenista para jugar un día al pádel. Incluso he visto criticar a esos turistas que recorren Madrid con un telescopio de hacerse selfies, que efectivamente van haciendo el ridículo, pero muertos de risa. En realidad, estas personas han intuido una verdad primigenia: que a la vida se viene a pasar el rato”.

Dice Kiko llaneras que debemos rodearnos de gente que disfruta fácilmente. Yo añadiría que, además, intentemos huir de las tragicomedias, de los dramas que no lo son en absoluto,  de esa idea que nos dice que enfadarnos sin motivos relevantes para ello nos convierte en superhéroes y de esa otra que hace que creamos que la solución a un problema pasa por su exageración en el discurso en lugar de por poner los medios para eliminar sus causas y, de ese modo, también sus consecuencias.  

Dejemos de preocuparnos y empecemos a ocuparnos, seamos como la hormiga, menos rocieros y más pragmáticos, no queramos cambiar el mundo desde los Jardines Elíseos o desde el Lincoln Memorial, y vayamos a lo concreto, a esa comunidad que tanto reivindica Vonnegut, porque si no ayudamos al que tenemos al lado cuando le hace falta, ya podemos ir dejando de criticar a los grandes políticos: es obvio que no lo haríamos mejor que ellos, y no olvidemos que los símbolos, lo son de algo y, por tanto, sólo un medio más para un fin.  

Este mundo de locos solos y tristes… “Uno ya no come, sólo le saca una foto al plato” y hay una generación que tiene la mitad de relaciones sexuales que la de sus padres y abuelos pero más de 1000 amigos en Facebook y empiezan a ganar elecciones partidos que solo conocen la agitación como método de (des) construcción de opinión pública y únicamente se mira quién firma el artículo si este está mal escrito y el idealismo es para los débiles y el prota del mito siempre es Narciso… Aunque pueden parecer hechos aislados no lo están del todo. Follemos más, riamos más y, cuando toque, parémonos a pensar, precisamente, en qué coño es lo que pensamos, porque hay algo mejor que ser tan especiales y diferentes como siempre quisimos ser: Más reales. Más felices.

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