!Tía, qué ganas de unas cañas!

Aquí estoy yo. No sé dónde estarán ustedes pero aquí estoy yo: con los párpados en el suelo y un moño digno de reventar la escala sexy-loca sujetando mi pelo. Les escribo, todavía en pijama y con ojos de panda, desde la taza del wáter, desde ese eterno primer pis de la mañana que le da a uno mucho –demasiado– tiempo para pensar; desde el “no sé qué coño voy a hacer”; desde esta estúpida insatisfacción que me persigue por ser, a la vez, inmadura y adulta. Les escribo, aún con los pantalones del pijama bajados, desde la duda.

Porque aquí estoy yo, en los veintitantos, igual que muchos más. En la vuelta a casa que ya no es por navidad, en el sabor a fracaso que uno jamás debería vivir después de haber “cumplido”, en el vacío que sólo deja el después y en este nuevo tipo de miedo que nunca antes había sentido porque, señores, este tipo de miedo ya “no es cosa de críos”. Sí, aquí estoy yo, en este media tristeza que no se justifica con nada porque, como diría mi madre, “me quejo de vicio”.

¡Ay, los post-universitarios! Las compañías telefónicas deberían inventar una nueva “tarifa especial” para nosotros. Da igual mensajes, que chats, que llamadas, que Skype, que redes sociales… Todo medio nos parece poco para quejarnos. Estamos enfadados. Más que eso. Enfadadísimos. Porque a ver por qué han empezado a decirnos que “NO” tan tarde. Y, ahora, aún encima, los muy intolerantes no entienden que nos pille tan poco preparados.

Mal que nos pese, somos millennials, los hijos de la clase media, aquellos que, lejos de ser educados como los protas de los “Besos en el Pan”, han crecido guiándose por una cuadriculada ley de causa y consecuencia: si haces esto, tienes esto; si te portas bien, tienes un juguete nuevo; si estudias, apruebas; si envías currículums… ¡Mierda! Mierda, porque el país está muy mal y, como las desgracias nunca vienen solas, la crisis le ha tenido que tocar precisamente a la generación más impaciente de la historia.  

Y, hablando de historia: no soporto que mi padre me diga que “Roma no se hizo en un día” porque yo no tengo todo el tiempo del que dispone un imperio. Si fuese a vivir 10 siglos, le digo, me tomaría las cosas con más calma. Pero no. Yo tengo 100 años, a lo sumo, y si la enfermedad del SXXI no me lleva antes por delante, para ser tan especial como siempre he creído que soy porque … ¡Tachánn!: “Mamá me lo dijo”.  

Y ya he gastado 23. 23, que, si yo fuese un post de Facebook, ya os estaría diciendo que Mozart tocó su primera pieza con 5 años y que si Picasso esto y que si Bernini aquello otro… Pero como no lo soy, prefiero reivindicar el hecho de que Bukowski empezó a escribir con 50 años, porque, qué coño, para agobiaros, como yo, ya tenéis el paro. Paro con dos carreras, tres idiomas, cuatro años de prácticas, cinco Tfgs y un máster carísimo, pero paro al fin y al cabo.

El otro día me llama una amiga. Era una de estas llamadas que siempre empiezan y acaban con la misma frase: “tía, que ganas de unas cañas”. Ustedes no, pero los post-universitarios las conocemos mejor que la palma de nuestra mano. Son de esas llamadas en las que suena el teléfono y una está deseando cogerlo para poder cagarse en todo lo que se menea durante un par de horas. Las llamadas “llamadas de desahogo de los millennials”, quienes, pobrecillos, solo nos entendemos entre nosotros.

Mi amiga me llama y me cuenta su vida, “que es más triste que la mía” porque, ¡qué marrón! ahora resulta que después de varios meses sin nada, tiene a su disposición varias ofertas de trabajo ¡Qué putada tía! Cuelgo y pienso, convencida, en que solo hay algo peor para nosotros, los millennials, los jefes de la independencia con la cartera de papá, que no poder tomar nuestras propias decisiones. Y eso es, nada más y nada menos, que tener que tomarlas.

¡Por favor! Si somos los críos que ni siquiera decidían de que querían el bocadillo, que jamás tuvieron que escoger entre pintura o natación porque “ante la duda, me apunto al niño a los dos”. Y, ahora, nos decís que tenemos que asumir la responsabilidad de elegir nuestro futuro. Así, alaaaaaaa. No entendéis, porque no lo habéis vivido, lo que es sufrir el pánico ¡pánico absoluto! que nos da llegar a los 40 y decir esa frase. Esa Frase que no puede sonar más a poca verdad cuando la dicen los adultos:

“No me arrepiento de nada”.

Ni siquiera lo vimos venir. De algún estúpido modo creímos que la vida nos iba a dejar desayunar pizza sábados y domingos para siempre y que podríamos ir por ahí con la camisa sin planchar durante mucho más tiempo. Que nuestra suerte continuaría midiéndose indefinidamente en el esfuerzo del día antes. Que nunca nos íbamos a separar de ese amigo, que siempre ibamos a estar enamorados de ese chico.

¿Quién nos lo iba a decir? Que, algún día, se acabaría aquello del “yo voy a ser”, del “yo voy a hacer” y que tocaría empezar a cumplir, a ser lo que fueses y, sobre todo, lo que hicieses. Quién!

nos lo iba a decir? A nosotros, los “especiales”, que íbamos a volver obligados a casa de nuestros padres.

¡Pero si tienes de todo! te dicen cuando te ven regresar a casa con tu Mac y tu nostalgia. Tu te fuiste y no volviste, les respondes. Y los abuelos no os habían dado ni la mitad de formación que vosotros me habéis dado a mí, insistes. Y, con las mismas, te abres un perfil en Infojobs y te encierras en tu cuarto de adolescente, donde quizás aún haya un póster de física o química o algo peor –¿ hay algo peor?– y te tiras el resto del día mirando tus fotos del Erasmus mientras lloras más que la primera vez que viste Titanic.

¡Ay, los post-universitarios! Qué mal lo pasamos, porque tenemos de todo pero nada es nuestro. Así lo sentimos: no nos lo hemos ganado.

En fin, a pesar de los pesares, las pataletas de crío mimado no deben confundirles. Les diré que, además de autocompasivos, también somos curiosos, autoexigentes, educados, abiertos y estamos concienciados: conciencidados con el medio ambiente, con la liberalización de la mujer, con la defensa animal… Con que la palabra “beneficio” no es ¡NO ES! un término económico.

Y, por si todo esto fuera poco, también somos esclavos. Si, lo que oyen: la mitad de nuestra generación (la mitad que no está en paro) estudia y saca adelante dos trabajos: uno por el que le pagan y otro que le da “Currículum” — No, las dos cosas no son posibles o, al menos, eso dicen ciertas empresas cuyos miembros no becarios viajan en Business–.  Señores y señoras del jurado, lo siento mucho pero se confunden si creen que la palabra nini está en nuestro vocabulario.

No se olviden que es esta, la generación más preparada de la historia, la misma que ha sufrido de pleno las deficiencias del sistema, la que representará en 2025 más del 70% de la fuerza laboral del mundo desarrollado. Será entonces, se lo puedo asegurar, cuando en este planeta las cosas empiecen a hacerse como “Dios manda” aunque no creamos ya ni en dios. Ni en nada.

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