SEAGRAMS, POR FAVOR

Recuerdo perfectamente todo lo que pertenece a ese momento: desde el camarero de ojos claros que corría de un lado a otro de la barra cual pasajero perdido en la T4 de Barajas hasta la luz fluorescente que vestía a las esquinas de las muchas estanterías del local. Las botellas, de todos los tamaños y para todos los gustos, estaban expuestas en ellas de un modo tan poco certero que, al verlas, era imposible no acordarse de las putas del Barrio Rojo de Amsterdam. El pub era pequeño, oscuro y sin ventanas. Unas 50 o 60 personas lo abarrotaban con miradas de borracho. Miradas temerosas de la soledad del domingo, miradas que se dejaban seducir, una madrugada de sábado más, por la promesa de una resaca ansiolítica. Yo era uno de ellos.

Recuerdo el traje negro con camisa a juego que llevaba puesto el encargado de seguridad: una o dos tallas menos de la suya, un atavío limpio y cuidado pero que, sin duda y aún así, horrorizaría a cualquier estilista. Recuerdo su rostro tosco y como sus ojos brillantes dejaban en ridículo a las demás partes de su cuerpo cuando estas intentaban aparentar indiferencia. Era obvio que le gustaba su trabajo. Mientras tanto, tres chicos jóvenes se encendían un pitillo intentado escapar a su atención. Eran menores que yo. Lo sé por la satisfacción que les producía aquel gesto que, creían, les volvía rebeldes. Es difícil entender el alcance de la palabra rebeldía a determinadas edades.

Recuerdo a dos parejas de una noche besándose con excesiva pasión para hacerlo en público, las manos de unos y otros desaparecían entre el sinfín de curvas que creaban  sus cuerpos, intentando gustarse un poco más, acercarse un poco más… Cuando ninguna de esas dos cosas era ya posible. Recuerdo la asombrosa pasividad con la que todos los que les rodeábamos asistíamos a aquella especie de espectáculo, como si fuese normal quererse tanto en tan poco tiempo, como si eso fuese lo que unos y otros habíamos ido a hacer allí, como si ya nadie concibiese factible conocer al “amor de su vida” en un parque, mientras este devora el libro favorito del otro en un banco y el otro puede imaginarse a este devorándole a él, del mismo modo, en la cama. No todos los tópicos son malos. Y, menos, los que han dejado de serlo.  

Recuerdo que la canción que sonaba en aquel instante era una de esas canciones de las que uno se cansa pronto. Esas que, una vez superada la adolescencia, empiezan a parecerte insoportables. Letras vacías, en el mejor de los casos, que tratan de disipar dudas existenciales a través de la banal y superflua reivindicación de los pequeños detalles. Recuerdo que estaba a punto de pedirme una copa, la última, que nunca lo es, recuerdo a  un señor de pelo corto y negro cuya ropa, excesivamente juvenil para su edad, dejaba claro que estaba lejos de envejecer como lo hacen los buenos vinos, recuerdo su aliento en mi nuca, apestaba a ginebra. Recuerdo las carcajadas de dos de mis amigas, sus dos bocas abiertas que dejaban expuestas sus dos perfectas dentaduras a la luz de los focos. Situadas cada una a uno de mis lados, me rodeaban, en el mejor sentido de la palabra.

Recuerdo que tenía muchas ganas de fumar, que el alcohol ingerido dos bares antes ya había empezado a marearme, que el olor a sudor se había vuelto insoportable, recuerdo mi vista nublada, recuerdo una ligera taquicardia, recuerdo ruido y una luz blanca que se encendía y se apagaba, recuerdo caras y gestos. Recuerdo que sentí una repentina necesidad de salir de aquel lugar y respirar. Era como si, de pronto, hubiese dejado de hacerlo. Recuerdo que me giré un instante antes de pedir y no vi a nadie esperándome. Entonces fue cuando lo comprendí, digiriendo cada letra con lo más profundo de mi estómago, “la vida es esto”.

Cogí mi copa y brindé con el aire.

— “A esta invito yo”, dijo él.

— “quién sabe, quizás mañana sea un domingo distinto”, respondí.

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