Tan hortera como suena

Ha llegado el momento: Se acaba 2016. El tipo ya no aguanta más. Cierra el chiringo y se va. Bye Bye, arrivederci, au revoir, Auf Wiedersehen. Ahí os quedáis. “Me voy para no volver” que diría Camilo Sesto. Para la cogorza que se va a pillar este el 31 celebrándolo –él, que puede–, se queda corto el banquete de las Bodas de Caná.

 

Ya lo estoy viendo. “2016: cuñadismo, postverdad y gilipollas; que no tiene plural gracias a Dios porque si no…”. Este será el nombre del tema que todos los críos –para entonces serán ya medio robots– sabrán que cae “fijo” en el examen. Sí, 2016 aparecerá en las líneas temporales de cualquier encerado que se precie y no será por el Brexit, ni por Trump, ni por Le Pen, aunque todo esto tenga, en el fondo, muchísimo que ver.

 

Y no, 2016 tampoco pasará a la historia como ese año en el que el PSOE facilitó la investidura de Rajoy o ese otro en el que hubo que “tocarse los cojones” cuando a los españoles nos sobraron autopistas a cambio de quedarnos sin pensiones. Créanme, en el SXXII nadie sabrá quién fue Sánchez o Rivera o qué pasó en Vistalegre II. Y me dirán ustedes: “eso ya no se sabe hoy.” Pues bien: cuando ustedes tienen razón, yo se la doy.

 

No. Esto no será lo relevante. Y ahora es cuando toca que nos pongamos serios.

 

Si este año fuese un titular: “5.000 personas mueren en el Mediterráneo”. 5.000, que podrían ser sus hijos, padres o amigos. Y no les digo más porque estamos ya tan acostumbrados a oírlo que nos va a dar igual. Pero son 5.000. Y 5 millones de refugiados por la guerra en Siria. Y 50.000 personas atrapadas en Alepo. Y son 60 millones de desplazados en el mundo. Y son niños soldado. Y son guerras y conflictos que hacen que uno se ría, con perdón, de Berlín y Niza; mientras Europa está ahí, encerrada en su despacho, tan hasta el cuello de burocracia que no se entera de que hay gente que se ahoga, ahora de verdad, en sus costas.

 

  Foto: Emilio Morenatti (AFP)

 

Por cierto, a los intensos de las preguntas retóricas sobre la cobertura de este tipo de sucesos en Occidente: ¿por qué lo hacen? Si ya saben ustedes de sobra la respuesta. Cristian Campos se lo explicó muy bien el año pasado. Lo cual no tiene por qué justificarla pero sí evitar, con un poco de suerte, que cada vez que haya un atentado terrorista en Europa, salga en Facebook el típico enterado que, salvo honrosas excepciones, no se ha preocupado en su vida por el escenario internacional, pasándose el minuto de silencio y el respeto por el forro del pantalón y preguntándose –en público, por supuesto– por qué no se cubre del mismo modo que Bruselas, por ejemplo, qué se yo, lo que ocurrió en Burkina Faso el mes pasado.

 

En fin, olvidémonos del postureo en la época de la tiranía del discurso de lo políticamente correcto y sigamos con lo que importa: Los refugiados ¿Saben ustedes que ya empieza a haberlos por el cambio climático? Y créanme cuando les digo que al lado de todos esos que han sudado descaradamente delAcuerdo de París, el mismísimo Trump pasará a la historia como un santo.  Si no se lía y  desata una guerra nuclear, claro está, el Trump de la posteridad no será más que aquel viejo más verde aún que naranja que resucitó a Castro, para después poder volver a matarlo, del disgusto, al convertirse en Presidente electo.

 

Foto:Jacopo Prisco

 

Esperemos, sin embargo, que los chavales del futuro aprendan algo más del 2016. Que su “seño” sea menos pesimista que yo y también les cuente, por ejemplo, que este año miles de personas se han hecho voluntarias para ayudar a los demás y que otras tantas tomaron conciencia y empezaron a reciclar, que pese a la crisis — que ya dura más que Jordi Hurtado–, los socios de las ONG´s han aumentado hasta un 10% y que bueno, hay gente que ya ha empezado a trabajar. “Todavía hay esperanza” y “nunca es tarde si la dicha es buena”, que diría mi abuela. Así que cojan fuerzas que 2017 viene fuerte.

 

Una cosa más y ya acabo. Para que empiecen bien el año, quiero compartir con ustedes un ejercicio de meditación que me he inventado yo ahora que tengo mucho tiempo libre, 30 grados en diciembre dentro de mi copa y una mala leche que no sé de dónde viene. Esta noche, entre el vino, la cerveza, el champán, la sidra, la mistela, el ron, el wiskie o la ginebra: recuerden sonrisas. Sí. Así, tan hortera como suena. Que alguna habrá habido este año que merezca la pena recordar.  Que eso ya lo tienen y les queda para siempre. Que la risa es contagiosa y del resto, como diría Mariano, “Dios dirá”. 

 

¡Feliz Año!

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